El No

Si me preguntaran qué le regalaría a mi yo de niño, seguramente diría que le regalaría el “no”.
Quizás parezca demasiado poco o intrascendente, pero te aseguro que un “no” puede cambiarlo todo.
Decir no, sin culpas.
Aunque todos digan sí.
Aunque socialmente esté mal visto.
Eso no es poca cosa.
¿Cuánto tiempo perdiste por decir sí e ir a lugares a los que no querías ir?
“Pero tengo que ir para que nadie se enoje.”
¿Cuántas cosas que no querías hacer terminaste haciendo? ¿Y por qué?
Porque la sociedad no acepta tu no.
Porque te juzgan.
Porque te discriminan.
Porque temés al escarnio público.
Seguramente el sí es más fácil, más cómodo, menos disruptivo.
El sí no te obliga a explicar, a poner límites ni a justificarte.
Por eso, ya grande —no quiero decir viejo— me hubiera gustado haber nacido con un mejor manejo del “no”.
No un manejo despiadado o irresponsable, sino un manejo consciente y firme.
Uno que me diera prioridad a mí por sobre los mandatos sociales y las obligaciones morales mal entendidas.

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