El espejo

La distancia a la que ponemos el espejo suele ser proporcional a los años que tenemos.
No sé, quizás sea solo una percepción mía, pero hay una relación casi conflictiva con el espejo a lo largo de nuestra vida.
Lo vamos alejando, dedicándole menos tiempo y hasta enojándonos con la realidad que nos muestra.
Hablo de ese espejo que nos entrega una imagen de cuerpo entero, el que usamos para ver cómo nos quedan esas prendas nuevas que nos compramos.
Ese que, cuando somos adolescentes, pasamos horas mirándonos mientras nos aprontamos para salir, con el paso de los años se va convirtiendo en un buchón.
Empieza a revelar arrugas, canas y los efectos inevitables que va generando la gravedad en nuestro cuerpo.
El mismo que nos mostró los primeros pelitos de la barba, con el tiempo nos muestra la caída de nuestros últimos cabellos.
Es como ese mensajero que llega con malas noticias: no es el culpable, pero nos enojamos con él de todos modos.
Es natural. El inefable paso del tiempo.
Toca aceptar con dignidad el paso de los años.
También tenemos personas espejo.
Se les llama amigos, y nos ayudan a mejorar nuestra imagen, y no hablo solo de la externa.
En definitiva, es necesario empezar a querernos por quienes somos y no solo por cómo nos vemos.
Pararse firme y orgulloso frente al espejo y decirnos:
después de tanta vida, acá estoy.
Y lejos de sentir vergüenza de esa imagen, entender que ese reflejo que me devolvés
es, en realidad, un certificado de curso aprobado
y el pase al próximo nivel.

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